Mi vida transcurrió entre dos vocaciones: la erótica y la mística. De esa dialéctica surgió mi convicción de que las almas gemelas sí existen. Y por esa convicción, fallidamente creí encontrar a la mujer adecuada, pero nunca estuve más alejada de la realidad.
Hace tres meses tuve la necesidad de retirarme a un convento. No tanto porque fuese verdaderamente católica, sólo un poco despegada de este mundo. Quise ir al Tíbet, pero las relaciones diplomáticas no andaban tan bien. En realidad, tampoco mis fondos. Al perder las esperanzas de un desarrollo integral, y convencerme de que el mundo fáctico no es para mí, lo más cercano al nirvana era unirme a las filas de monjas. Sabía que mi manera de servir sería la preparación de los alimentos. Los conventos siempre han sido conocidos, entre muchas otras cosas, por las enormes cocinas.
Tuve tantos romances como semanas en un año. Para muchas mujeres, las chefs resultan excitantes, no sé por qué. Aproveché semejante demanda. La mitad de mis conquistas fueron comensales agradecidas. Buscaba hallar el eco de mi piel, la medida exacta en las manos que me acariciaron. Sobraban ingredientes para la seducción. Noches inacabables de excesos. A todas las premiaba con majestuosas cenas, preparadas por mí, una vez por mes. Hubo mujeres de todas las condiciones sociales y culturales posibles. Con unas había más compatibilidad que con otras. Digamos que se complementaron.
Siempre me ha parecido pretencioso mencionar los colores de piel, pero eso contó mucho a la hora de disfrutar los contrastes con la mía. En especial cierta chica mestiza de Oaxaca, a la que conocí en un encuentro de alta cocina mexicana en Huatulco.
Voluptuosidad en una playa, un auto, los elevadores, la universidad, un hotel... Demasiadas tonalidades de luz en los burós o las toallas que secaron mi sudor. Mantuve una que otra relación porque creía que eso era lo que movía al mundo. Aunque siempre faltaba una chispa. Acababa el ritual sexual, pero yo necesitaba más. Conectarme de verdad, con ellas, con algo supremo que me diera sentido de trascendencia. Puse un alto para poder reflexionar lo que en realidad buscaba.
Mi afán por la iluminación me llevó a probar el ascetismo, la abstinencia, el ayuno. Tuve retiros espirituales en montaña y desierto, en varios templos sagrados. Vacaciones en Machu Pichu. El problema vino cuando se manifestó en mí la necesidad física de los placeres. Estuvo perfecto, de no ser porque me enamoré de mi guía. Eso era incompatible con el preciso punto donde nos hallamos. Cuando le planteé que deseaba que fuera mi compañera todo se vino abajo. ME gustaba la experiencia espiritual, pero necesitaba equilibrar mi ser entero. Era hipocresía de mi parte renunciar a mi cuerpo de manera tan radical. Yo necesitaba volver a los placer culinarios, a un buen bife, un mole coloradito, un delicioso salmón.
Nada de eso quería ya. Convencida de que mi otra mitad no existía, me dediqué a absorber el conocimiento. Un libro de María Zambrano fue el gancho para mezclar filosofía y poética. Continué con Simone Weil. Decidí incluso estudiar Filosofía por las mañanas. Empezar de nuevo. Durante el propedéutico no dormía, casi no salí al teatro ni al cine. Aunque seguí siendo solicitada por algunas mujeres, dejé de interesarme en ello. El desarrollo de mi intelecto era más importante que cualquier aventura romántica.
Yo estaba en mi centro, hasta que mi profesora de Lógica me planteó la posibilidad de estar juntas. Era deleitante escucharla charlar sobre Brahams, Shumman y Wagner. Acudíamos a conciertos, a la ópera, a recitales de poesía. Manteníamos largas charlas telefónicas sobre ontología por las madrugadas. En más de una ocasión llegué tarde a clase, pero mejor preparada que mis compañeros. Intercambiamos charlas sobre media biblioteca mía (que era la décima parte de la suya). Eso quería, una dialogante. Era sumamente bella, de una agudeza mental envidiable. Sin extrañas exigencias. Con el tiempo comenzó a evadirme. Dejamos de salir. Dos meses después me envió un correo preguntándome por qué jamás hicimos el amor.
Cuánta contradicción en mí. Deseaba la carne y cuando la pude tener simplemente no la tomé. Quería desarrollar mi intelecto; encontrar un equilibrio también. Como nunca quise intentar por el camino de los hombres, decidí que estaría mejor en soledad. Somaticé tanto que me provoqué una infección estomacal terrible. Y como me quedé sin empleo, sin encanto, decidí el convento. Mientras tanto seguí leyendo.
Un día, Jacoba me invitó a la presentación de un libro. Todo en orden. Gente del medio, charla. Poco antes de que iniciara salí a fumar al patio. De pronto vi llegar a dos mujeres. Sabía que una de ellas presentaría el libro de la amiga de Jacoba. A la otra no la conocía, y, sin embargo, sentí que nos habíamos visto tiempo atrás. Al regresar al salón me alegré de que la mujer quedara en mi campo de visión.
Nos vimos dos o tres veces más. Algo extraño me provocaba. Cierto nerviosismo, inusual en mí. Ganas de conocerla, reconocerla. Supe que se llamaba Rosanna. Era la mujer más bella que había visto. Una de esas veces me miró. Se acercó a preguntarme si yo había sido la famosa chef de cierto restaurant en la calle de Parral, que acababa de cerrar. Resultaba haber sido comensal frecuente. Me preguntó por mis servicios para un evento privado. Prometió pagarme bien. La condición era cocinar en su casa. Aunque era extraña petición, acepté.
Esa semana supe que yo tenía una bacteria atípica en el estómago, poco estudiada. Llevaba dos meses en tratamientos y estudios y nada funciona. Había perdido peso. Decidí consultarlo con otro médico.
El siguiente sábado estaba en el ritual de cocina con Rosanna. No dejó de observarme durante la hora en que trabajé. Aunque me sentía inquieta, no precisamente me incomodó. Apenas se ausentó unas tres veces. Jamás hablamos.
A las siete, que estaba todo listo, la mesa, con forma triangular, estada dispuesta con un buen rioja, un mantel inmaculadamente blanco, toda llena de flores pequeñas, de colores sutiles. El departamento olía a un fino incienso. La poca luz y la música me sobrecogieron. Al verla acercarse a la puerta de la cocina, vestida con un kimono violeta, supe que esa cena era para nosotras dos.
Charlamos hasta las cuatro de la mañana. Y en cada anécdota, descubría mi historia, mis sueños, temores y deseos. Le gustaba Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat, el café descafeinado, la meditación trascendental, sin necesidad de renunciar a nada. Admiraba a Botticelli, tanto o más que yo. Y detestaba a Dalí por las mismas razones que yo. Me alimentó de música, de letras, de magia. Increíblemente, también era alérgica al aguacate. Le gustaba el acid jazz y tampoco le gustaban las películas de terror. Sucedió que antes de preguntarle una cosa, ella hablaba sobre ello, y viceversa. Era como si nos leyéramos el pensamiento. Mujer más afín no pude conocer.
Comencé a sentir en mi cuerpo entero mucho calor. Como si por dentro tuviera lucecitas. Sus ojos brillaban. Me miraba y yo no podía dejar de corresponderle. Cualquier gozo pasado resultaba mediano en comparación con su voz, sus maneras, la forma en que disfrutaba cada bocado. Miré con detenimiento sus labios. Un leve cosquilleo me venía desde las manos hasta el ombligo. Cuando me contó que ella en algún momento creyó que su único camino podría ser el del convento, casi me desmayo de la impresión.
Dormí en el cuarto de visitas. No quise ser precipitada, aunque deseaba, como en ningún momento anterior, hacerle el amor. Pero ni siquiera un beso pude robarle. Al amanecer ella estaba dormida cerca de mí. Sonreí al descubrir la travesura. La desperté con una caricia en su rostro. Y la caricia se prolongó sobre su cuello, sus hombros, brazos y caderas. Demasiada electricidad. En el plexo solar sentí un dolor lleno de luz. Supe que eso trascendía lo físico, que estaba a punto de descubrir lo más sutil de todas las mujeres en una sola, en ella, en Rosanna. Toda la energía que se genera por amor fue posible en ese momento. Todos los planetas de la galaxia se alinearon. Se completaron los cantos que me ayudaron a encontrar las piezas que le faltaban al mandala. Los arcángeles nos arropaban. Llovía luz azul en nuestros cuerpos. Éxtasis. Fuimos el rugido del mar que se estrella en el acantilado. La explosión de una supernova.
Pronto llegaron las bienaventuranzas: conseguí trabajo en otro restaurant, me aceptaron en el programa de Filosofía, y conseguí además los contactos para ir al Tíbet. Le propuse que me acompañara. Aceptó de inmediato. Había sido su sueño de toda la vida. De pronto me descubrí durmiendo con ella tres veces a la semana. Todo, todo en ella me ha fascinado. Sé que aunque tardé, encontré a esa alma gemela. Lamento de pronto echar a perder los momentos porque tengo un malestar terrible. Ella pregunta y yo no sé qué decirle. Es sólo un dolor, le digo para no asustarla demasiado.
Hoy me entregaron los análisis clínicos, antes de la consulta médica para pedir la tercera opinión. No sé cómo decirle que estoy desahuciada. No sé cómo explicarle que esperamos tanto tiempo para encontrarnos, haber vivido el mes más pleno y feliz de nuestras existencias y despedirnos sin posibilidad de cambio de vuelo.