Te acaricio
con ojos y deseo
mientras sonríes
cómplice
de mi fantasía.
Caminamos sobre avenidas
emocionales y físicas
proximidad de cuerpos:
se decanta la dopamina.
Una marcha por la libertad
–y por mis hormonas
que tu piel desean–,
nos convocó.
Te respiro en el reflejo
del sol sobre el cristal
de un edificio de Reforma.
Sonríes.
Arde tu cabello;
me deslumbro.
Arde mi esternón
y mi vientre.
Grito por convicción
de construir
a fuerza de moras,
rosas y amor
un mundo mejor.
Abarqué la calle entera;
el Hemiciclo, sin contenerme
tanto brillarnos
mutuamente:
hombro con hombro,
mirada periférica
exhalaciones,
poros abiertos,
deseantes.
El encaje contiene
el desbordamiento
de mi humedad.
Y sigues sonriendo.