Mientras intento abrir la puerta de la casa, me detiene. Me aprieta del brazo izquierdo y reacciono bruscamente. Me zafo. Lleva sus manos hacia mi cuello y comienza a zarandearme:
—Maldita perra, tú no te vas— lo sujeté de los cabellos y comenzamos a forcejear .
—Suéltame, cabrón, o vale madres.
—Tengo más fuerza que tú; no me busques.
Lo empujo para poder liberarme. Apenas me suelta, me da un puñetazo en el lado derecho del pecho. Me toma del cabello, me abraza. El peso de la mochila que yo había improvisado me gana y caemos. Su cabeza estalla contra el suelo, él gime. Su mueca denota el dolor. Intento incorporarme pero me toma por el tobillo. Me jala para tirarme. Le pesco del brazo y lo pellizco. Él toma bruscamente mi seno y lo estruja; me punza de tanto dolor. Me muerde la pierna; mis dientes le corresponden en su hombro. Enardezco. Suplica que pare; no puedo. Tomo su cabeza; mi rodilla se eleva y da directo en su nariz. La sangre emerge incontenible. Su puño cae en mi boca. El impacto me parte el labio. Siento dolor en la mandíbula. Él llora, y yo también. No quiero verlo…
Se acerca para consolarme mientras estoy en el suelo; le grito que se aleje. Me arrastro hasta la recámara, muerta de pánico. Me cansé de llorar; dormito sobre la cama. Él entra despacio, conmocionado y aturdido; con la más grande sutileza toca mis hombros. Sobresalto. Sus ojos vidriosos y tristes se me clavan.
— Mi vida, perdóname. Sabes que no quise hacerte mal. No quiero que te alejes
— Déjame, no tengo nada que hacer aquí.
— No me abandones; yo sin ti nada soy; te compensaré.
Grandes son mi angustia y dolor. Hago el recuento de los golpes: el labio superior estaba dividido, tenía un moretón en el pecho, las marcas de sus mordidas en el muslo y pierna; me dolía el bajo vientre a causa de las presuntas patadas que seguramente recibí.
—Muérete, hijo de tu puta madre.
Hace días yo quería irme, pero justo cuando más valor tenía, él llegaba con regalos, o se mostraba complaciente, tierno. Todo volvía equilibrarse, y la idea de marchar se esfumaba. Acomodaba de nuevo, en las gavetas, la ropa que tenía en la maleta. Pasaban tres, cuatro días de idilio hasta que:
—Sabes que detesto que llegues tarde cuando ves a tus amigas.
—Armando, fueron sólo veinte minutos.
—Pudiste decírmelo. Estuve marcándote como pendejo.
—No sentí el teléfono.
—No sé dónde chingados debas metértelo para sentirlo.
Y volvíamos a discutir sobre mi autonomía. Dejaba de hablarme toda la noche, y al amanecer, pretendía contentarme. A veces hacíamos el amor enloquecidamente, y después, se marchaba a trabajar.
No había cotidianidad en nuestra vida: en ocasiones regresaba después de las nueve de la noche; otras, me sorprendía a las dos de la tarde y ay de mí si no me encontraba.
Era espléndido en los viajes, las joyas o el alcohol. Le divertía verme ebria. Lo que nunca me permitió fue comer más de la cuenta “mira tus llantitas; otra vez estás engordando” El me quería delgada, maquillada, dispuesta siempre como una muñequita.
—Piénsalo bien, no quiero perderte. Este amor no merece esto. Yo quiero amarte bien.
—Yo no quiero tu amor. Me lastimaste y no pienso permitírtelo más.
—Lo siento pero me desesperaste. Sólo quería retenerte.
Se acerca. Mi cuerpo se llena con su presencia, su aroma; siento un placer ineludible mientras se recarga sobre mí. La mente me dice que no es correcto pero en el fondo soy consciente de que no he dejado de amarlo.
Un día, me cacheteó por no quererme marchar de una reunión con mis amigos cuando él ya estaba harto. Otro día, peleamos porque le lloré a Héctor, quien se había ido a una estancia Holanda “seguro te acostaste con él uno de estos días" no lo pude controlar, lloré por mi amigo, pero también por impotencia; me sentí desprotegida, insultada, invadida en mi persona.
En realidad, Héctor se había convertido en mi compañero perfecto por teléfono y algunas veces nos vimos a escondidas. Sé que me enamoré y, aunque nunca pasó nada, me sentía culpable, pero Armando hace tiempo había dejado de escucharme. Por eso, cuando Héctor se fue sentí que mi mundo, mi razón de seguir, se derrumbaba. Estuve en casa de Marcela dos días, pero Armando me fue a buscar. Hablamos. Se disculpó, juró reivindicarse y volví a casa. Me llevó a dos conciertos, un viaje al Caribe, y cocinaba los domingos. Hasta me dijo “preciosa” cierto día que yo estaba en pants y con el cabello en coleta. Mi amor por él se avivó.
Había trascurrido un mes de felicidad, hasta hoy, que por haber decidido visitar a mi madre llegué, según él, a horas inadecuadas. Él estaba bebiendo whisky, y al abrir la puerta:
—No he comido por esperarte.
—Amor, mi mamá me entretuvo. Pero la comida estaba en el refri.
—Parece que no sabes que detesto comer solo.
—Yo ya comí, pero te acompaño.
—No tengo hambre ya. Estoy ebrio por tu culpa.
—No arruinemos la noche. Te tengo una sorpresa.
—Que sea mañana; ni pienses que voy a tocarte hoy.
—Está bien: Yo me he disculpado ya. Si no lo aceptas, me despido, buenas noches.
Me dirigí a la recámara a dormir, pero comenzó a gritarme, a culparme de abandono, decía que yo me olvidaba de mi responsabilidad, golpeó las paredes y puso las canciones más chantajistas y patéticas que pude escuchar. Con sigilo metí algunas mudas y pretendí salir para jamás volver a escucharlo. Y estuve a punto de salir mientras él estaba recostado en el sillón. Pero al escuchar la cerradura se abalanzó sobre mí.
—Maldita perra, tú no te vas.
—Suéltame, cabrón, o vale madres.
—Tengo más fuerza que tú; no me busques.
Después de negociar durante dos horas mi estancia en casa, se ha quedado dormido abrazado a mí. Pero es momento de marchar. Me muevo a diez milímetros por minuto, para que no lo sienta. Sin encender la luz, me salgo de la habitación y tomo con cuidado la maleta. Me calzo y mientras abro la puerta, pienso si estoy en lo correcto. “Mayra, dónde estás” escucho su voz y me paralizo. No estoy segura de abandonarlo, pero tampoco quiero quedarme. Me sorprende mientras estoy paralizada, con la mano aferrada a la manija.”Amor qué haces” pregunta con la voz ente cortada. Yo, sólo lo miro, y segundos después mi vista se pierde entre las lágrimas… quizá me quede.
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3 comentarios:
Buena crónica-ficcional. Sólo recuerda que nadie es completamente malo ni totalmente bueno. La multiplicidad de estados de ánimo es lo que hace a los personajes sólidos, aunque estos hayan salido de la vida real. Te mando un abrazote.
txt:::nauta,
los personajes pueden tener exactamente matices que no se delinen hacia el bien o el mal. creo haberlo hecho en esta ocasión bajo la dualidad de sentimientos en ambos personajes: el ególatra fortachón vulnerable ante el abandono, y la sumisa abnegada capz de corresponder la violencia... no me defiendo, sólo comento.
Hola querida Amorfina Joserosa, pues me parece un buen ejercicio narrativo. Sin embargo, de pronto caes en algunos de los errores que ya habíamos platicado en el taller de Chepis; por ejemplo lo de vender la idea desde un principio. Cuidado. Por otra parte estoy de acuerdo con que la celeridad del internet permita muchas concesiones, pero trata de poner más atención a los errores de dedo, acentos, ortografía y estilo en general. Te quiere mucho tu poeta favorito, jo, jo, jo. Bueno, ése es Nuño.
Atte. Mangas
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