miércoles 11 de noviembre de 2009

Esto no es una letanía

Señora de los silencios, acércate a mí.

Marquesa del llanto, acércate a mí.

Dulzura de hiel, acércate a mí.

Maestra de la tiniebla, acércate a mí.

Mentora de la perversión, acércate a mí.

Doctora de los muertos, acércate a mí.

Amiga de mi enemiga, acércate a mí.

Susurro entrecortado, acércate a mí.

Reina de la soledad,acércate a mí.

Torre de Babel, acércate a mí.

mujer,óyeme:

mujer escúchame,

Ten piedad y misericordia de nuestra historia.

Mujer, confiésate.

MuJer, desenmascárate.

Bendita eres entre todas las Reinas.

Ruega a todos los demonios para que salven mi alma de la perdición,

cúbreme con tu manto pagano y regálame la gloria a través de tu beso,

Así sea...

viernes 23 de octubre de 2009

el poder del adiós

Mientras intento abrir la puerta de la casa, me detiene. Me aprieta del brazo izquierdo y reacciono bruscamente. Me zafo. Lleva sus manos hacia mi cuello y comienza a zarandearme:
—Maldita perra, tú no te vas— lo sujeté de los cabellos y comenzamos a forcejear .
—Suéltame, cabrón, o vale madres.
—Tengo más fuerza que tú; no me busques.
Lo empujo para poder liberarme. Apenas me suelta, me da un puñetazo en el lado derecho del pecho. Me toma del cabello, me abraza. El peso de la mochila que yo había improvisado me gana y caemos. Su cabeza estalla contra el suelo, él gime. Su mueca denota el dolor. Intento incorporarme pero me toma por el tobillo. Me jala para tirarme. Le pesco del brazo y lo pellizco. Él toma bruscamente mi seno y lo estruja; me punza de tanto dolor. Me muerde la pierna; mis dientes le corresponden en su hombro. Enardezco. Suplica que pare; no puedo. Tomo su cabeza; mi rodilla se eleva y da directo en su nariz. La sangre emerge incontenible. Su puño cae en mi boca. El impacto me parte el labio. Siento dolor en la mandíbula. Él llora, y yo también. No quiero verlo…


Se acerca para consolarme mientras estoy en el suelo; le grito que se aleje. Me arrastro hasta la recámara, muerta de pánico. Me cansé de llorar; dormito sobre la cama. Él entra despacio, conmocionado y aturdido; con la más grande sutileza toca mis hombros. Sobresalto. Sus ojos vidriosos y tristes se me clavan.


— Mi vida, perdóname. Sabes que no quise hacerte mal. No quiero que te alejes
— Déjame, no tengo nada que hacer aquí.
— No me abandones; yo sin ti nada soy; te compensaré.
Grandes son mi angustia y dolor. Hago el recuento de los golpes: el labio superior estaba dividido, tenía un moretón en el pecho, las marcas de sus mordidas en el muslo y pierna; me dolía el bajo vientre a causa de las presuntas patadas que seguramente recibí.
—Muérete, hijo de tu puta madre.

Hace días yo quería irme, pero justo cuando más valor tenía, él llegaba con regalos, o se mostraba complaciente, tierno. Todo volvía equilibrarse, y la idea de marchar se esfumaba. Acomodaba de nuevo, en las gavetas, la ropa que tenía en la maleta. Pasaban tres, cuatro días de idilio hasta que:
—Sabes que detesto que llegues tarde cuando ves a tus amigas.
—Armando, fueron sólo veinte minutos.
—Pudiste decírmelo. Estuve marcándote como pendejo.
—No sentí el teléfono.
—No sé dónde chingados debas metértelo para sentirlo.

Y volvíamos a discutir sobre mi autonomía. Dejaba de hablarme toda la noche, y al amanecer, pretendía contentarme. A veces hacíamos el amor enloquecidamente, y después, se marchaba a trabajar.

No había cotidianidad en nuestra vida: en ocasiones regresaba después de las nueve de la noche; otras, me sorprendía a las dos de la tarde y ay de mí si no me encontraba.

Era espléndido en los viajes, las joyas o el alcohol. Le divertía verme ebria. Lo que nunca me permitió fue comer más de la cuenta “mira tus llantitas; otra vez estás engordando” El me quería delgada, maquillada, dispuesta siempre como una muñequita.

—Piénsalo bien, no quiero perderte. Este amor no merece esto. Yo quiero amarte bien.
—Yo no quiero tu amor. Me lastimaste y no pienso permitírtelo más.
—Lo siento pero me desesperaste. Sólo quería retenerte.

Se acerca. Mi cuerpo se llena con su presencia, su aroma; siento un placer ineludible mientras se recarga sobre mí. La mente me dice que no es correcto pero en el fondo soy consciente de que no he dejado de amarlo.
Un día, me cacheteó por no quererme marchar de una reunión con mis amigos cuando él ya estaba harto. Otro día, peleamos porque le lloré a Héctor, quien se había ido a una estancia Holanda “seguro te acostaste con él uno de estos días" no lo pude controlar, lloré por mi amigo, pero también por impotencia; me sentí desprotegida, insultada, invadida en mi persona.

En realidad, Héctor se había convertido en mi compañero perfecto por teléfono y algunas veces nos vimos a escondidas. Sé que me enamoré y, aunque nunca pasó nada, me sentía culpable, pero Armando hace tiempo había dejado de escucharme. Por eso, cuando Héctor se fue sentí que mi mundo, mi razón de seguir, se derrumbaba. Estuve en casa de Marcela dos días, pero Armando me fue a buscar. Hablamos. Se disculpó, juró reivindicarse y volví a casa. Me llevó a dos conciertos, un viaje al Caribe, y cocinaba los domingos. Hasta me dijo “preciosa” cierto día que yo estaba en pants y con el cabello en coleta. Mi amor por él se avivó.
Había trascurrido un mes de felicidad, hasta hoy, que por haber decidido visitar a mi madre llegué, según él, a horas inadecuadas. Él estaba bebiendo whisky, y al abrir la puerta:
—No he comido por esperarte.
—Amor, mi mamá me entretuvo. Pero la comida estaba en el refri.
—Parece que no sabes que detesto comer solo.
—Yo ya comí, pero te acompaño.
—No tengo hambre ya. Estoy ebrio por tu culpa.
—No arruinemos la noche. Te tengo una sorpresa.
—Que sea mañana; ni pienses que voy a tocarte hoy.
—Está bien: Yo me he disculpado ya. Si no lo aceptas, me despido, buenas noches.
Me dirigí a la recámara a dormir, pero comenzó a gritarme, a culparme de abandono, decía que yo me olvidaba de mi responsabilidad, golpeó las paredes y puso las canciones más chantajistas y patéticas que pude escuchar. Con sigilo metí algunas mudas y pretendí salir para jamás volver a escucharlo. Y estuve a punto de salir mientras él estaba recostado en el sillón. Pero al escuchar la cerradura se abalanzó sobre mí.

—Maldita perra, tú no te vas.
—Suéltame, cabrón, o vale madres.
—Tengo más fuerza que tú; no me busques.


Después de negociar durante dos horas mi estancia en casa, se ha quedado dormido abrazado a mí. Pero es momento de marchar. Me muevo a diez milímetros por minuto, para que no lo sienta. Sin encender la luz, me salgo de la habitación y tomo con cuidado la maleta. Me calzo y mientras abro la puerta, pienso si estoy en lo correcto. “Mayra, dónde estás” escucho su voz y me paralizo. No estoy segura de abandonarlo, pero tampoco quiero quedarme. Me sorprende mientras estoy paralizada, con la mano aferrada a la manija.”Amor qué haces” pregunta con la voz ente cortada. Yo, sólo lo miro, y segundos después mi vista se pierde entre las lágrimas… quizá me quede.


jueves 22 de octubre de 2009

hasta tu puerta

No, tu boca de acitrón no puede pronunciarlo: “no tengo nada que decir.Sólo sigamos como antes”, es preferible que aceptar lo doloroso que resultó la indiferencia. La elegida y no por ello serena despedida “Estamos en contacto” fue tu última frase. La manera diplomática que tienes de decir que no me aleje. “Cuídate” se traduce a “cuánto te quiero” y la ineludible sonrisa carcomida y a fuerza de llanto dibujada: “Chao” Mientras me abrazas, con prisa y ansiedad. Sé que tu señor esposo te espera en el segundo piso, que hay público indiscreto que bien puede adivinar que tú y yo algún día trascendimos los filiales lazos. Me marcho, no sin antes atravesar tus ojos con una súplica visual inusitada: “tengo sed”, que jamás seré capaz de pronunciar afuera de nuestra guarida.

Sé que soy cínico al traerte hasta esta puerta después de haber pasado la tarde contigo. Más cínico es aceptar tus condiciones y no sentir celos. O mejor dicho sí, reconozco mi matiz de Otelo, pero aunque con él compartas las sábanas, conmigo compartes el anhelo. Él tiene tu cuerpo esta noche; yo, tus sueños.

Abres la puerta, agachas la mirada. Sin decir nada cruzas el umbral. Con templanza camino sobre la acera, agradecido, respirando las últimas notas de tu fragancia de Rosas que flota todavía, y acumulan nuevos deseos en mi epidermis...

sábado 10 de octubre de 2009

Garibay, tú y yo

Y entonces, la melancolía se hizo carne.

Garibay,en algún momento consideró haber perdido la fe. Hoy, puedo entender qué implica eso. Hoy dejé de creer que algo bondadoso y perfecto cuida de nosotros.
¿Acaso alguien puede definirme con exactitud qué chingados es la melancolía?(tú, con tu silencio exacerbado y tu mirada perdida, ¿me puedes decir qué me pasa?)

Nadie, nadie puede explicarme esas ganas de morir en brazos de quien no te ama; llorar cuando nadie--el mundo entero lo haría,pero no ese alguien específico que deseamos--te puede escuchar; o bien, ser escuchado por quien es sordo; sufrir por quien se sorbe la vida en instantes,darle de comer a quien ha saciado su hambre en otra mesa...
y luego después de haber vomitado paradojas, decir que la vida vale la pena vivirla.

(Me enseñaste esto, y ahora no sé como arrancármelo de las meninges)

viernes 25 de septiembre de 2009

el encuentro

El cadáver se hallaba en la escena del crimen. Era la sala de una casa habitación. Había una copa semivacía sobre la mesa de centro. Sólo estaba encendida la lámpara al lado del loft sit y olía a Allure mezclado con tabaco. Eduardo era perito; había llegado para hacer las observaciones necesarias y determinar el tipo de crimen. Era de madrugada y estaba exhausto pero el trabajo lo requería.

Laura llegó minutos después. Era fotógrafa de La Prensa. Sus ojos cansados enfocaron el mejor ángulo. Disparó el flash; la luz resplandeciente hizo a Eduardo volverse. En ese momento él se percató de la belleza exacta de Laura: cabello negro, largo, lacio, piel blanquísima, ojos oscuros enmarcados por profundas ojeras; llevaba puesto un abrigo negro que le cubría hasta los tobillos. Eduardo se estremeció. Laura le devolvió la mirada sin sonreír. Intercambió palabras con los agentes del Ministerio Público y salió.

Eduardo fue tras ella. Al verla parada afuera de la casa, encendiendo un cigarro, se detuvo. Estaba nervioso, como hacía años no lo estaba. Trataba de recordar quién era ella. Le dolía el pecho por no saber con exactitud, él, el gran fisionomista. Después de dudar se acercó.
—¿Nos conocemos? —preguntó intentando entablar conversación.
—¿Es duda o proposición? —Laura, con una sonrisa mordaz, tan segura de sí, enloquecía a Eduardo.
—Este ambiente es muy pequeño. Seguro nos hemos topado antes. Lamento no recordarte. Me resultas demasiado familiar.
—¿Seguro no me recuerdas? —Eduardo intentaba hacer memoria pero no tenía éxito —Soy la amante de tu ex mujer —contestó Laura después de haber dado una bocanada.

martes 15 de septiembre de 2009

tu silencio no me aturde

Tu silencio no me aturde

Sino tu propia perplejidad,

Tu estricta disciplina.

Tampoco me pesa la soledumbre

Ni tu ausencia de mi realidad:

Es tu duda la dolorosa espina.

lunes 14 de septiembre de 2009

NAsh:

infinitas gracias por ser mi amiga;
me permites conocer tus dolores
quemaduras y heridas
que la inmundicia, el postmo
y el bajo vientre nos dejan.

Agradezco al tiempo
los cigarros y las papas fritas.
La sinécdoque del amor
camina bajo lluvia junto a mí

sin prisa.
Bunbury, vodka, lecturas

campamentos
( y la Santa María)
Nos hacen cómplices ineludibles
de esta tierrra de todos
y este corazón de nadie.
Silencio
En la noche profunda se acentúa
La ausencia,
Explosión de recuerdos que arroja
mis temores hacia el mundo onírico
Hoy no estás,
Hoy no eres ni existes
siquiera en la pantalla de la pecé.
Silencio.
Contundente es el duelo;
El frío, incesante
El café, insuficiente.
No sé cuanto tiempo,
cuánto silencio puedo soportar
Teníamos la misma afición por lo insondable. Naufragábamos en la oscuridad. No nos impresionaba la muerte. Compartíamos el morbo por el horror: Sangre, secretos, dolor, misterio. Teníamos contratado, incluso, el mismo mausoleo de la soledad. Creí que moriríamos al mismo tiempo como en esas nauseabundas historias románticas donde los amantes están para siempre juntos.
Has perpetrado el crimen pasional: me asesinaste, comiste de mis vísceras. Roíste mis músculos. Mira si soy sensible que aun muerta me duele.
Ahora miras perversamente a tu próxima víctima, aquella que se entrega más pronto que yo para ser tu banquete macabro. Charla contigo en la mesa del comedor, mientras saboreas el último rasgo sanguíneo de mis huesos. Y ella sonríe con inocencia que no creo.
Has limpiado cautelosamente mi epidermis para que parezca una finísima tela. Le pides que se desnude, que te confíe sus secretos. Y de este modo la vistes conmigo, como si fuera yo.
Vivo en la muerte; moriste en vida

miércoles 9 de septiembre de 2009

La tierra sin agua deviene polvo ignoto.
El agua sin tierra, se desborda y pierde
en la inmensidad de la nada
Arrancaste mi deseo.
Mi carne viva está expuesta;
es un espectáculo circense:
“Aquí la mujer muerta,
por amor, desollada”.
Te enorgullece,
heraldo de la muerte,
el horror.
El aire me quema.
Prefiero no decir que duele cada palabra que falta para reconstruir tus diálogos. Nada gano con presentar una bitácora de la desolación por las horas vacías, donde el espíritu se abyecta y el cuerpo se desprende.
No tengo ilusiones en el bolsillo con qué comprar unas horas de tu compañía.
Prefiero no decir que la lluvia desgarra mis horas en la madrugada, cuando el sueño me regala el espejismo de tus labios. Despierto y es inútil llover a través de los ojos porque tu tierra no es fértil hoy.
Es vergonzoso enterar al mundo que elaboro día a día mi duelo olvidándote, respirándote poco menos cada vez. Pero me asfixio porque tu aire me falta y comienzo entonces a inhalarte impetuosamente, a escondidas, ansiosa por no morir.
Prefiero no decir, que hoy, como nunca, temo tu muerte. No soy una mujer de apegos a la vida; me preocupa más bien no estar en paz contigo; todavía te debo mucho.

miércoles 19 de agosto de 2009

Para inducirme al olvido,
para matar el amor, nadie eres.
Mi sentir es autónomo
fuerte, omnipresente;
ni tú ni tu indiferencia
pueden, siquiera, aminorarlo
La despedida, de tus labios decretada.
Mi abnegado silencio te respondió.
Se abrió, impaciente, la tierra entre tu y yo
mientras tu sonrisa triste
anunció livianas lágrimas
donde tu alma estaba inundada
La ausencia se diluye
A partir de la esperanza.
Fantasmas en un cubo
Asimétrico
enuncian tu nombre
Tiempo al tiempo
Es la estupidez
Irrevocable y lastimera;
sin embargo,
encuentro
la promesa del reencuentro
En tu sonrisa inmunda.