Tú no crees en el destino
ni en constelaciones
ni mareas altas;
que a ti ni te hablen de astros…
Sin embargo,
Neptuno y la luna
nos reencuentran
en el inexorable momento
del amanecer.
exilio hacia la luna
Después de recorrer, padecer,conocer,sentir, vivir y morir, me descubrí como agitadora de la tierra. Entonces, se proclamó mi exilio a la luna, espacio para crear. Ella es mi amante a la distancia, compañera, amiga, madre... Vuelvo a ella, como una extraña vuelve a donde no recuerda. Exilio hacia la luna es básicamente el laboratorio de poemas, cuentos y asuntos que necesite tratar públicamente.
martes 16 de agosto de 2011
hospital
Doña Blanca paseaba muy cerca,
por las jardineras,
sobre las ambulancias,
en los pasillos.
Se columpiaba en los sueros
y regalaba caricias
a todas las jeringas.
Me miró desde las colillas.
Respiraba sobre mis orejas,
casi las mordía, pero se contuvo.
Vi cómo se llevó el aliento
de un niño y un adulto,
mientras me decía,
ya a cierta distancia
y sonriente:
"Todavía tienes que aprender
sobre la compasión.
Cuida a tu madre.
Ahí la dejo otro ratito nomás".
La casita
Descubrí la atrocidad
de construir una casita
autosustentable,
con energía eólica,
sobre arenas movedizas.
Aunque tuviera vista al mar…
No busco
No busco: que me encuentren.
Desgajo la dulzura de la mandarina,
desdoblo el tulipán origami,
enciendo con alcohol
una lámpara de estrella.
Despinto mis uñas
Muerdo cascaritas de recuerdos.
Espero, con fe, el amor.
Delicias frías
a L.
I
Detrás del templo, como a escondidas,
disfrutamos un helado.
Olía a la lluvia.
Generosidad que reverdece
los árboles
y despierta la tierra.
Tu perfume se podía morder.
II
Deslizaste sobre tus labios
la cucharita,
y el cielo, imitándote,
reveló su magenta inquietud de luz sobre las nubes.
Palabras humedeciéndose
en el yogurt hecho hielo.
Tu risa cítrica se evaporaba
después de acariciar el aire.
III
De morado se decoró mi gusto.
Trocitos de arándanos
aterrizaban
en las papilas gustativas.
Se me diluía la lengua
en mi propia boca.
Entumecimiento breve.
IV
La tarde arrasó con el murmullo de nuestros cuchareos.
Tentada estuve
de pedir probar el coco de tu vaso;
me gusta evocar el mar
a través de su sabor dulce y áspero.
Sólo contemplé,
con disimulo, espero,
la manera en que desvanecías
mi esperanza.
V
Después del ritual,
nuestros pasos cayeron sobre el adoquín,
aún mojado,
sin rastro ya de frías delicias.
I
Detrás del templo, como a escondidas,
disfrutamos un helado.
Olía a la lluvia.
Generosidad que reverdece
los árboles
y despierta la tierra.
Tu perfume se podía morder.
II
Deslizaste sobre tus labios
la cucharita,
y el cielo, imitándote,
reveló su magenta inquietud de luz sobre las nubes.
Palabras humedeciéndose
en el yogurt hecho hielo.
Tu risa cítrica se evaporaba
después de acariciar el aire.
III
De morado se decoró mi gusto.
Trocitos de arándanos
aterrizaban
en las papilas gustativas.
Se me diluía la lengua
en mi propia boca.
Entumecimiento breve.
IV
La tarde arrasó con el murmullo de nuestros cuchareos.
Tentada estuve
de pedir probar el coco de tu vaso;
me gusta evocar el mar
a través de su sabor dulce y áspero.
Sólo contemplé,
con disimulo, espero,
la manera en que desvanecías
mi esperanza.
V
Después del ritual,
nuestros pasos cayeron sobre el adoquín,
aún mojado,
sin rastro ya de frías delicias.
Hula,hula
A contraluz la observo,
en medio de la sala.
Ella no se da cuenta.
Juega con su hula, hula.
Sonríe, danza,
imagina que vuela,
que domina al fuego con el movimiento de sus caderas.
Alza las manos, como colibríes.
Pierde el equilibrio.
Ríe a carcajadas.
Es la niña que se juega la vida
en un aro de luz.
en medio de la sala.
Ella no se da cuenta.
Juega con su hula, hula.
Sonríe, danza,
imagina que vuela,
que domina al fuego con el movimiento de sus caderas.
Alza las manos, como colibríes.
Pierde el equilibrio.
Ríe a carcajadas.
Es la niña que se juega la vida
en un aro de luz.
sábado 11 de junio de 2011
Porque no puedo escribir, sino de desamor
Porque no puedo escribir, sino de desamor,
decido enviarte esta carta
justo cuando sé que de nada sirve
procurarte estrellas de día
o el paisaje del atardecer, desde mi azotea.
Vivo de cadáveres y sueños.
Me atormentan las lunas que coinciden con las noches cabalísticas.
Siempre he sido un poco excéntrica.
Fumo desolada, y aviento el humo esperando
que la nostalgia me ablande y escriba.
Pero sólo puedo escribir de desamor
y recuerdo cuando me amabas, o al menos eso creíamos
Me pregunto por qué siempre elijo el absurdo
para tejer ilusiones.
Han llegado nuevos ojos a decorar mi vacío
pero yo no sé escribir otra cosa que el desamor.
Vierto las esperanzas de cabeza, dentro de un vaso
como si fueran muñecos vudú.
Me gusta incendiar sobre las nubes
los rescoldos de tu tacto.
Duele el timo a fuerza de recordarte
para saturar hasta el hartazgo
y después saber que te olvido
Porque yo sólo puedo escribir de desamor.
decido enviarte esta carta
justo cuando sé que de nada sirve
procurarte estrellas de día
o el paisaje del atardecer, desde mi azotea.
Vivo de cadáveres y sueños.
Me atormentan las lunas que coinciden con las noches cabalísticas.
Siempre he sido un poco excéntrica.
Fumo desolada, y aviento el humo esperando
que la nostalgia me ablande y escriba.
Pero sólo puedo escribir de desamor
y recuerdo cuando me amabas, o al menos eso creíamos
Me pregunto por qué siempre elijo el absurdo
para tejer ilusiones.
Han llegado nuevos ojos a decorar mi vacío
pero yo no sé escribir otra cosa que el desamor.
Vierto las esperanzas de cabeza, dentro de un vaso
como si fueran muñecos vudú.
Me gusta incendiar sobre las nubes
los rescoldos de tu tacto.
Duele el timo a fuerza de recordarte
para saturar hasta el hartazgo
y después saber que te olvido
Porque yo sólo puedo escribir de desamor.
jueves 26 de mayo de 2011
de Leonora Carrington para Jodorowsky
Extraido de" EL maestro y las Magas", de Alejandro Jdorowsky. Así se despidieron, cuando Leonora le dijo:
“Antes de que te vayas quiero que sepas que tu aparición, absolutamente esencial para mi, sobrepasa los límites personales, los cuerpos celestes que brillan en las cavernas de los dioses animales o en lo que murmura entre mis cabellos la mantis religiosa. Sobrepasa aquello y quizá más aún, siempre bajo la amenaza del cuerpo humano. Hablo sumida en el tiempo.
“Este cordón umbilical existe sólo si nosotros permitimos su existencia. Tú puedes cortarlo siempre; pero en la medida en que lo quieras, él estará ahí. Para ti soy exactamente lo que tú deseas. Mas nunca creas que puedes perderme si hacia ti mi rol cambia. Eso podría suceder, porque puedo también ser tu abuela barbuda y sin dientes o tu espectro o un lugar indefinido. Si alguna vez me retiro, por razones humanas o no humanas, no debes jamás tener miedo de buscarme porque siempre sabrás encontrarme cuando así lo anheles.
“Más tarde nos comunicaremos de una manera tan perfecta que los terrores y debilidades se transformarán radicalmente en puentes. Mientras tanto los senderos permanecen cálidos y abiertos. Si por azar cortas por un tiempo la comunicación ordinaria, yo estaré aquí siempre que lo quieras porque los elementos subterráneos no dependen de ninguna manera de nuestra voluntad”.
“Antes de que te vayas quiero que sepas que tu aparición, absolutamente esencial para mi, sobrepasa los límites personales, los cuerpos celestes que brillan en las cavernas de los dioses animales o en lo que murmura entre mis cabellos la mantis religiosa. Sobrepasa aquello y quizá más aún, siempre bajo la amenaza del cuerpo humano. Hablo sumida en el tiempo.
“Este cordón umbilical existe sólo si nosotros permitimos su existencia. Tú puedes cortarlo siempre; pero en la medida en que lo quieras, él estará ahí. Para ti soy exactamente lo que tú deseas. Mas nunca creas que puedes perderme si hacia ti mi rol cambia. Eso podría suceder, porque puedo también ser tu abuela barbuda y sin dientes o tu espectro o un lugar indefinido. Si alguna vez me retiro, por razones humanas o no humanas, no debes jamás tener miedo de buscarme porque siempre sabrás encontrarme cuando así lo anheles.
“Más tarde nos comunicaremos de una manera tan perfecta que los terrores y debilidades se transformarán radicalmente en puentes. Mientras tanto los senderos permanecen cálidos y abiertos. Si por azar cortas por un tiempo la comunicación ordinaria, yo estaré aquí siempre que lo quieras porque los elementos subterráneos no dependen de ninguna manera de nuestra voluntad”.
miércoles 27 de abril de 2011
Cocina: causa y consecuencia.
Mi vida transcurrió entre dos vocaciones: la erótica y la mística. De esa dialéctica surgió mi convicción de que las almas gemelas sí existen. Y por esa convicción, fallidamente creí encontrar a la mujer adecuada, pero nunca estuve más alejada de la realidad.
Hace tres meses tuve la necesidad de retirarme a un convento. No tanto porque fuese verdaderamente católica, sólo un poco despegada de este mundo. Quise ir al Tíbet, pero las relaciones diplomáticas no andaban tan bien. En realidad, tampoco mis fondos. Al perder las esperanzas de un desarrollo integral, y convencerme de que el mundo fáctico no es para mí, lo más cercano al nirvana era unirme a las filas de monjas. Sabía que mi manera de servir sería la preparación de los alimentos. Los conventos siempre han sido conocidos, entre muchas otras cosas, por las enormes cocinas.
Tuve tantos romances como semanas en un año. Para muchas mujeres, las chefs resultan excitantes, no sé por qué. Aproveché semejante demanda. La mitad de mis conquistas fueron comensales agradecidas. Buscaba hallar el eco de mi piel, la medida exacta en las manos que me acariciaron. Sobraban ingredientes para la seducción. Noches inacabables de excesos. A todas las premiaba con majestuosas cenas, preparadas por mí, una vez por mes. Hubo mujeres de todas las condiciones sociales y culturales posibles. Con unas había más compatibilidad que con otras. Digamos que se complementaron.
Siempre me ha parecido pretencioso mencionar los colores de piel, pero eso contó mucho a la hora de disfrutar los contrastes con la mía. En especial cierta chica mestiza de Oaxaca, a la que conocí en un encuentro de alta cocina mexicana en Huatulco.
Voluptuosidad en una playa, un auto, los elevadores, la universidad, un hotel... Demasiadas tonalidades de luz en los burós o las toallas que secaron mi sudor. Mantuve una que otra relación porque creía que eso era lo que movía al mundo. Aunque siempre faltaba una chispa. Acababa el ritual sexual, pero yo necesitaba más. Conectarme de verdad, con ellas, con algo supremo que me diera sentido de trascendencia. Puse un alto para poder reflexionar lo que en realidad buscaba.
Mi afán por la iluminación me llevó a probar el ascetismo, la abstinencia, el ayuno. Tuve retiros espirituales en montaña y desierto, en varios templos sagrados. Vacaciones en Machu Pichu. El problema vino cuando se manifestó en mí la necesidad física de los placeres. Estuvo perfecto, de no ser porque me enamoré de mi guía. Eso era incompatible con el preciso punto donde nos hallamos. Cuando le planteé que deseaba que fuera mi compañera todo se vino abajo. ME gustaba la experiencia espiritual, pero necesitaba equilibrar mi ser entero. Era hipocresía de mi parte renunciar a mi cuerpo de manera tan radical. Yo necesitaba volver a los placer culinarios, a un buen bife, un mole coloradito, un delicioso salmón.
Nada de eso quería ya. Convencida de que mi otra mitad no existía, me dediqué a absorber el conocimiento. Un libro de María Zambrano fue el gancho para mezclar filosofía y poética. Continué con Simone Weil. Decidí incluso estudiar Filosofía por las mañanas. Empezar de nuevo. Durante el propedéutico no dormía, casi no salí al teatro ni al cine. Aunque seguí siendo solicitada por algunas mujeres, dejé de interesarme en ello. El desarrollo de mi intelecto era más importante que cualquier aventura romántica.
Yo estaba en mi centro, hasta que mi profesora de Lógica me planteó la posibilidad de estar juntas. Era deleitante escucharla charlar sobre Brahams, Shumman y Wagner. Acudíamos a conciertos, a la ópera, a recitales de poesía. Manteníamos largas charlas telefónicas sobre ontología por las madrugadas. En más de una ocasión llegué tarde a clase, pero mejor preparada que mis compañeros. Intercambiamos charlas sobre media biblioteca mía (que era la décima parte de la suya). Eso quería, una dialogante. Era sumamente bella, de una agudeza mental envidiable. Sin extrañas exigencias. Con el tiempo comenzó a evadirme. Dejamos de salir. Dos meses después me envió un correo preguntándome por qué jamás hicimos el amor.
Cuánta contradicción en mí. Deseaba la carne y cuando la pude tener simplemente no la tomé. Quería desarrollar mi intelecto; encontrar un equilibrio también. Como nunca quise intentar por el camino de los hombres, decidí que estaría mejor en soledad. Somaticé tanto que me provoqué una infección estomacal terrible. Y como me quedé sin empleo, sin encanto, decidí el convento. Mientras tanto seguí leyendo.
Un día, Jacoba me invitó a la presentación de un libro. Todo en orden. Gente del medio, charla. Poco antes de que iniciara salí a fumar al patio. De pronto vi llegar a dos mujeres. Sabía que una de ellas presentaría el libro de la amiga de Jacoba. A la otra no la conocía, y, sin embargo, sentí que nos habíamos visto tiempo atrás. Al regresar al salón me alegré de que la mujer quedara en mi campo de visión.
Nos vimos dos o tres veces más. Algo extraño me provocaba. Cierto nerviosismo, inusual en mí. Ganas de conocerla, reconocerla. Supe que se llamaba Rosanna. Era la mujer más bella que había visto. Una de esas veces me miró. Se acercó a preguntarme si yo había sido la famosa chef de cierto restaurant en la calle de Parral, que acababa de cerrar. Resultaba haber sido comensal frecuente. Me preguntó por mis servicios para un evento privado. Prometió pagarme bien. La condición era cocinar en su casa. Aunque era extraña petición, acepté.
Esa semana supe que yo tenía una bacteria atípica en el estómago, poco estudiada. Llevaba dos meses en tratamientos y estudios y nada funciona. Había perdido peso. Decidí consultarlo con otro médico.
El siguiente sábado estaba en el ritual de cocina con Rosanna. No dejó de observarme durante la hora en que trabajé. Aunque me sentía inquieta, no precisamente me incomodó. Apenas se ausentó unas tres veces. Jamás hablamos.
A las siete, que estaba todo listo, la mesa, con forma triangular, estada dispuesta con un buen rioja, un mantel inmaculadamente blanco, toda llena de flores pequeñas, de colores sutiles. El departamento olía a un fino incienso. La poca luz y la música me sobrecogieron. Al verla acercarse a la puerta de la cocina, vestida con un kimono violeta, supe que esa cena era para nosotras dos.
Charlamos hasta las cuatro de la mañana. Y en cada anécdota, descubría mi historia, mis sueños, temores y deseos. Le gustaba Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat, el café descafeinado, la meditación trascendental, sin necesidad de renunciar a nada. Admiraba a Botticelli, tanto o más que yo. Y detestaba a Dalí por las mismas razones que yo. Me alimentó de música, de letras, de magia. Increíblemente, también era alérgica al aguacate. Le gustaba el acid jazz y tampoco le gustaban las películas de terror. Sucedió que antes de preguntarle una cosa, ella hablaba sobre ello, y viceversa. Era como si nos leyéramos el pensamiento. Mujer más afín no pude conocer.
Comencé a sentir en mi cuerpo entero mucho calor. Como si por dentro tuviera lucecitas. Sus ojos brillaban. Me miraba y yo no podía dejar de corresponderle. Cualquier gozo pasado resultaba mediano en comparación con su voz, sus maneras, la forma en que disfrutaba cada bocado. Miré con detenimiento sus labios. Un leve cosquilleo me venía desde las manos hasta el ombligo. Cuando me contó que ella en algún momento creyó que su único camino podría ser el del convento, casi me desmayo de la impresión.
Dormí en el cuarto de visitas. No quise ser precipitada, aunque deseaba, como en ningún momento anterior, hacerle el amor. Pero ni siquiera un beso pude robarle. Al amanecer ella estaba dormida cerca de mí. Sonreí al descubrir la travesura. La desperté con una caricia en su rostro. Y la caricia se prolongó sobre su cuello, sus hombros, brazos y caderas. Demasiada electricidad. En el plexo solar sentí un dolor lleno de luz. Supe que eso trascendía lo físico, que estaba a punto de descubrir lo más sutil de todas las mujeres en una sola, en ella, en Rosanna. Toda la energía que se genera por amor fue posible en ese momento. Todos los planetas de la galaxia se alinearon. Se completaron los cantos que me ayudaron a encontrar las piezas que le faltaban al mandala. Los arcángeles nos arropaban. Llovía luz azul en nuestros cuerpos. Éxtasis. Fuimos el rugido del mar que se estrella en el acantilado. La explosión de una supernova.
Pronto llegaron las bienaventuranzas: conseguí trabajo en otro restaurant, me aceptaron en el programa de Filosofía, y conseguí además los contactos para ir al Tíbet. Le propuse que me acompañara. Aceptó de inmediato. Había sido su sueño de toda la vida. De pronto me descubrí durmiendo con ella tres veces a la semana. Todo, todo en ella me ha fascinado. Sé que aunque tardé, encontré a esa alma gemela. Lamento de pronto echar a perder los momentos porque tengo un malestar terrible. Ella pregunta y yo no sé qué decirle. Es sólo un dolor, le digo para no asustarla demasiado.
Hoy me entregaron los análisis clínicos, antes de la consulta médica para pedir la tercera opinión. No sé cómo decirle que estoy desahuciada. No sé cómo explicarle que esperamos tanto tiempo para encontrarnos, haber vivido el mes más pleno y feliz de nuestras existencias y despedirnos sin posibilidad de cambio de vuelo.
Hace tres meses tuve la necesidad de retirarme a un convento. No tanto porque fuese verdaderamente católica, sólo un poco despegada de este mundo. Quise ir al Tíbet, pero las relaciones diplomáticas no andaban tan bien. En realidad, tampoco mis fondos. Al perder las esperanzas de un desarrollo integral, y convencerme de que el mundo fáctico no es para mí, lo más cercano al nirvana era unirme a las filas de monjas. Sabía que mi manera de servir sería la preparación de los alimentos. Los conventos siempre han sido conocidos, entre muchas otras cosas, por las enormes cocinas.
Tuve tantos romances como semanas en un año. Para muchas mujeres, las chefs resultan excitantes, no sé por qué. Aproveché semejante demanda. La mitad de mis conquistas fueron comensales agradecidas. Buscaba hallar el eco de mi piel, la medida exacta en las manos que me acariciaron. Sobraban ingredientes para la seducción. Noches inacabables de excesos. A todas las premiaba con majestuosas cenas, preparadas por mí, una vez por mes. Hubo mujeres de todas las condiciones sociales y culturales posibles. Con unas había más compatibilidad que con otras. Digamos que se complementaron.
Siempre me ha parecido pretencioso mencionar los colores de piel, pero eso contó mucho a la hora de disfrutar los contrastes con la mía. En especial cierta chica mestiza de Oaxaca, a la que conocí en un encuentro de alta cocina mexicana en Huatulco.
Voluptuosidad en una playa, un auto, los elevadores, la universidad, un hotel... Demasiadas tonalidades de luz en los burós o las toallas que secaron mi sudor. Mantuve una que otra relación porque creía que eso era lo que movía al mundo. Aunque siempre faltaba una chispa. Acababa el ritual sexual, pero yo necesitaba más. Conectarme de verdad, con ellas, con algo supremo que me diera sentido de trascendencia. Puse un alto para poder reflexionar lo que en realidad buscaba.
Mi afán por la iluminación me llevó a probar el ascetismo, la abstinencia, el ayuno. Tuve retiros espirituales en montaña y desierto, en varios templos sagrados. Vacaciones en Machu Pichu. El problema vino cuando se manifestó en mí la necesidad física de los placeres. Estuvo perfecto, de no ser porque me enamoré de mi guía. Eso era incompatible con el preciso punto donde nos hallamos. Cuando le planteé que deseaba que fuera mi compañera todo se vino abajo. ME gustaba la experiencia espiritual, pero necesitaba equilibrar mi ser entero. Era hipocresía de mi parte renunciar a mi cuerpo de manera tan radical. Yo necesitaba volver a los placer culinarios, a un buen bife, un mole coloradito, un delicioso salmón.
Nada de eso quería ya. Convencida de que mi otra mitad no existía, me dediqué a absorber el conocimiento. Un libro de María Zambrano fue el gancho para mezclar filosofía y poética. Continué con Simone Weil. Decidí incluso estudiar Filosofía por las mañanas. Empezar de nuevo. Durante el propedéutico no dormía, casi no salí al teatro ni al cine. Aunque seguí siendo solicitada por algunas mujeres, dejé de interesarme en ello. El desarrollo de mi intelecto era más importante que cualquier aventura romántica.
Yo estaba en mi centro, hasta que mi profesora de Lógica me planteó la posibilidad de estar juntas. Era deleitante escucharla charlar sobre Brahams, Shumman y Wagner. Acudíamos a conciertos, a la ópera, a recitales de poesía. Manteníamos largas charlas telefónicas sobre ontología por las madrugadas. En más de una ocasión llegué tarde a clase, pero mejor preparada que mis compañeros. Intercambiamos charlas sobre media biblioteca mía (que era la décima parte de la suya). Eso quería, una dialogante. Era sumamente bella, de una agudeza mental envidiable. Sin extrañas exigencias. Con el tiempo comenzó a evadirme. Dejamos de salir. Dos meses después me envió un correo preguntándome por qué jamás hicimos el amor.
Cuánta contradicción en mí. Deseaba la carne y cuando la pude tener simplemente no la tomé. Quería desarrollar mi intelecto; encontrar un equilibrio también. Como nunca quise intentar por el camino de los hombres, decidí que estaría mejor en soledad. Somaticé tanto que me provoqué una infección estomacal terrible. Y como me quedé sin empleo, sin encanto, decidí el convento. Mientras tanto seguí leyendo.
Un día, Jacoba me invitó a la presentación de un libro. Todo en orden. Gente del medio, charla. Poco antes de que iniciara salí a fumar al patio. De pronto vi llegar a dos mujeres. Sabía que una de ellas presentaría el libro de la amiga de Jacoba. A la otra no la conocía, y, sin embargo, sentí que nos habíamos visto tiempo atrás. Al regresar al salón me alegré de que la mujer quedara en mi campo de visión.
Nos vimos dos o tres veces más. Algo extraño me provocaba. Cierto nerviosismo, inusual en mí. Ganas de conocerla, reconocerla. Supe que se llamaba Rosanna. Era la mujer más bella que había visto. Una de esas veces me miró. Se acercó a preguntarme si yo había sido la famosa chef de cierto restaurant en la calle de Parral, que acababa de cerrar. Resultaba haber sido comensal frecuente. Me preguntó por mis servicios para un evento privado. Prometió pagarme bien. La condición era cocinar en su casa. Aunque era extraña petición, acepté.
Esa semana supe que yo tenía una bacteria atípica en el estómago, poco estudiada. Llevaba dos meses en tratamientos y estudios y nada funciona. Había perdido peso. Decidí consultarlo con otro médico.
El siguiente sábado estaba en el ritual de cocina con Rosanna. No dejó de observarme durante la hora en que trabajé. Aunque me sentía inquieta, no precisamente me incomodó. Apenas se ausentó unas tres veces. Jamás hablamos.
A las siete, que estaba todo listo, la mesa, con forma triangular, estada dispuesta con un buen rioja, un mantel inmaculadamente blanco, toda llena de flores pequeñas, de colores sutiles. El departamento olía a un fino incienso. La poca luz y la música me sobrecogieron. Al verla acercarse a la puerta de la cocina, vestida con un kimono violeta, supe que esa cena era para nosotras dos.
Charlamos hasta las cuatro de la mañana. Y en cada anécdota, descubría mi historia, mis sueños, temores y deseos. Le gustaba Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat, el café descafeinado, la meditación trascendental, sin necesidad de renunciar a nada. Admiraba a Botticelli, tanto o más que yo. Y detestaba a Dalí por las mismas razones que yo. Me alimentó de música, de letras, de magia. Increíblemente, también era alérgica al aguacate. Le gustaba el acid jazz y tampoco le gustaban las películas de terror. Sucedió que antes de preguntarle una cosa, ella hablaba sobre ello, y viceversa. Era como si nos leyéramos el pensamiento. Mujer más afín no pude conocer.
Comencé a sentir en mi cuerpo entero mucho calor. Como si por dentro tuviera lucecitas. Sus ojos brillaban. Me miraba y yo no podía dejar de corresponderle. Cualquier gozo pasado resultaba mediano en comparación con su voz, sus maneras, la forma en que disfrutaba cada bocado. Miré con detenimiento sus labios. Un leve cosquilleo me venía desde las manos hasta el ombligo. Cuando me contó que ella en algún momento creyó que su único camino podría ser el del convento, casi me desmayo de la impresión.
Dormí en el cuarto de visitas. No quise ser precipitada, aunque deseaba, como en ningún momento anterior, hacerle el amor. Pero ni siquiera un beso pude robarle. Al amanecer ella estaba dormida cerca de mí. Sonreí al descubrir la travesura. La desperté con una caricia en su rostro. Y la caricia se prolongó sobre su cuello, sus hombros, brazos y caderas. Demasiada electricidad. En el plexo solar sentí un dolor lleno de luz. Supe que eso trascendía lo físico, que estaba a punto de descubrir lo más sutil de todas las mujeres en una sola, en ella, en Rosanna. Toda la energía que se genera por amor fue posible en ese momento. Todos los planetas de la galaxia se alinearon. Se completaron los cantos que me ayudaron a encontrar las piezas que le faltaban al mandala. Los arcángeles nos arropaban. Llovía luz azul en nuestros cuerpos. Éxtasis. Fuimos el rugido del mar que se estrella en el acantilado. La explosión de una supernova.
Pronto llegaron las bienaventuranzas: conseguí trabajo en otro restaurant, me aceptaron en el programa de Filosofía, y conseguí además los contactos para ir al Tíbet. Le propuse que me acompañara. Aceptó de inmediato. Había sido su sueño de toda la vida. De pronto me descubrí durmiendo con ella tres veces a la semana. Todo, todo en ella me ha fascinado. Sé que aunque tardé, encontré a esa alma gemela. Lamento de pronto echar a perder los momentos porque tengo un malestar terrible. Ella pregunta y yo no sé qué decirle. Es sólo un dolor, le digo para no asustarla demasiado.
Hoy me entregaron los análisis clínicos, antes de la consulta médica para pedir la tercera opinión. No sé cómo decirle que estoy desahuciada. No sé cómo explicarle que esperamos tanto tiempo para encontrarnos, haber vivido el mes más pleno y feliz de nuestras existencias y despedirnos sin posibilidad de cambio de vuelo.
martes 12 de abril de 2011
Cenizas de miércoles
Cenizas de miércoles
La guerra de energías contrarias cabe en un miércoles.
El tiempo se distiende; casi se rompe.
Sobre el lago se disuelven las cenizas
de trenes contrapuestos,
incendiados puente arriba la noche anterior:
Un mismo espacio no puede ser
ocupado por dos cuerpos.
Pero los trenes no razonan.
Aún no amanece,
pero los peces se han muerto de intoxicación.
Cadáveres y esperanzas
flotan con la boca abierta y los ojos dilatados.
El sol acaricia con piedad el esqueleto del motor.
El tiempo se suspende.
Luego, se comprime en las cenizas de miércoles.
La guerra de energías contrarias cabe en un miércoles.
El tiempo se distiende; casi se rompe.
Sobre el lago se disuelven las cenizas
de trenes contrapuestos,
incendiados puente arriba la noche anterior:
Un mismo espacio no puede ser
ocupado por dos cuerpos.
Pero los trenes no razonan.
Aún no amanece,
pero los peces se han muerto de intoxicación.
Cadáveres y esperanzas
flotan con la boca abierta y los ojos dilatados.
El sol acaricia con piedad el esqueleto del motor.
El tiempo se suspende.
Luego, se comprime en las cenizas de miércoles.
martes 18 de enero de 2011
Sobre el lamento de por qué ya no existen las princesas
Sigo muy soprendida por una nota que un chico le publicó a su amigo en facebook. Copio el texto y posteriormente su respuesta. Ahora me di a la tarea de enviarle a Jousin Palafox, quien además es coductor de radio en Tijuana, mi respuesta directamente. Pero lo comparto porque en verdad, quiero lanzar una alerta a los jóvenes que aún tienen en la cabeza el ideal de "Princesa"
Peligro, princesas en extinción
Por Jousín Palaafox
"Me gustan las mujeres que aun quieren ser princesas y se niegan a convertirse en sapos, porque mientras existan mujeres que todavía guarden modales de doncella, existiremos hombres que aun veremos importante el comportarnos como caballeros.
"Amo a la mujer que no compite con los hombres, porque sabe que el hombre jamás será su rival sino un complemento de ella misma. Respeto a las mujeres que luchan por ser cada día más mujeres y en ningún sentido buscan parecerse a los hombres, pues muchas mujeres en su búsqueda de la llamada “liberación femenina”, han cometido el error de imitar al varón, pero en los aspectos más deprimentes de éste.
"Es quizá por esta equivocada conquista que se fajaron pantalones, se dieron el gusto o permiso de vivir aventuras sexuales de una noche, comenzaron a llevarse el cigarrillo a los labios, empezaron a maldecir en público, se desinhibieron en bares y ahora las vemos dando penoso espectáculo, devolviendo el estómago en los baños o embrutecidas y semidesnudas sobre las mesas.
"Cometieron el error de querer ser como nosotros los hombres y ahora se dicen “weyes” de manera amistosa y permiten que sus amigos varones las llamen “wey” sin darse cuenta que en lugar de mostrarles confianza o camaradería con esa palabra, lo que verdaderamente hacen es rebajarles a nivel de bestias; pero muchas ríen, pues ni siquiera se dan cuenta.
"Las generaciones de madres abnegadas, reprimidas y violentadas, enseñaron a sus hijas que la mejor manera de acabar con el yugo masculino era convertirse en el enemigo y así crecieron confundiendo su identidad de mujeres, con la intención de seguir nuestros pasos, muchos de los cuales nos han convertido en seres torcidos y han llevado a nuestro mundo a la debacle moral de la que hoy somos víctimas.
"Las niñas de la nueva generación decidieron que el sueño de ser princesas era muy aburrido y esclavizante, así que cambiaron la corona por un pasamontañas y son ahora también delincuentes de alto impacto, servidores públicos podridos, conductoras irresponsables, reinas de belleza involucradas con el narco y hasta líderes sindicales vendidas con algún partido, por cierto, saludos a la señora Gordillo.
"Me encantan las mujeres que no quieren convertirse en hombres y llegan a la universidad con la firme intención de terminar con honores su carrera. Las que en lugar de demostrarnos que son capaces de beber media botella de tequila, nos demuestran que pueden dirigir un laboratorio o centro de investigación. Las que no buscan un buen partido para casarse sino que buscan ser un buen partido para que un buen hombre las merezca..
"Las que saben decir no, cuando “NO” es la única respuesta digna de una dama, aunque todo el mundo las tache de anticuadas. Las que se ríen de los chistes machistas y entienden que en lugar de ofenderse, deben sentir pena por el hombre que se atreve a contarlos y mucho más si piensa que esas bromas son un verdadero compendio de sabiduría popular.
*El autor es graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.
Correo electrónico: jousinpalafox@hotmail.com
Aquí mi respuesta:
A mí si me parece un yugo el concepto de "princesa" bonita? delgada? frágil?, por qué no dejar que la mujer decida lo que quiere ser: sapo, alebrije, luciérnaga, colibrí, mujer...
La mujer no quiere convertirse en hombre. Por Dios! Eso ...es absurdo.´
Sí, somos muchas las mujeres que nos reivindicamos y deseamos acabar con los clichés de "femeninas" o "masculinas". Eso no nos permite ni a hombres ni a mujeres, relacionarnos bien.
Y eso de que un "buen hombre" nos "merezca", ah, caray, pues qué, ¿somos trofeos?.
Entiendo lo de la criminalidad, pero no es un asunto de género, sino de las dinámicas sociales checas. Qué es ser anticuado. Además, el término "dama" es una contracción de "domada" Yo no quiero ser dama, créeme.
Muchos hombres terminan peor en cualquier cantina, y por ser hombres, ¿está bien? no estoy de acuerdo con estas conducta, pero tampoco creo que ser mujer sea agravante. ¿Moral? suena a discurso panista o del Arzobizpado. Me parece más inmoral matar a mujeres pro ser mujeres, porque eso es un complejo de inferioridad masculino.
Matan mujeres porque creen que les quitan los puestos, porque obtienen mayor preparación, porque se alzan en contra de la violencia (Maricela Escobedo, Susana Chávez, Betty Cariño... por citar sólo algunas) Daña la violencia, la sangre que corre. Hermano, nos están matando y el autor de esto quiere todavía que sigan existiendo las princesas! YO elegí ser alebrije. ¿Soy sucia, mala, inmoral?
Peligro, princesas en extinción
Por Jousín Palaafox
"Me gustan las mujeres que aun quieren ser princesas y se niegan a convertirse en sapos, porque mientras existan mujeres que todavía guarden modales de doncella, existiremos hombres que aun veremos importante el comportarnos como caballeros.
"Amo a la mujer que no compite con los hombres, porque sabe que el hombre jamás será su rival sino un complemento de ella misma. Respeto a las mujeres que luchan por ser cada día más mujeres y en ningún sentido buscan parecerse a los hombres, pues muchas mujeres en su búsqueda de la llamada “liberación femenina”, han cometido el error de imitar al varón, pero en los aspectos más deprimentes de éste.
"Es quizá por esta equivocada conquista que se fajaron pantalones, se dieron el gusto o permiso de vivir aventuras sexuales de una noche, comenzaron a llevarse el cigarrillo a los labios, empezaron a maldecir en público, se desinhibieron en bares y ahora las vemos dando penoso espectáculo, devolviendo el estómago en los baños o embrutecidas y semidesnudas sobre las mesas.
"Cometieron el error de querer ser como nosotros los hombres y ahora se dicen “weyes” de manera amistosa y permiten que sus amigos varones las llamen “wey” sin darse cuenta que en lugar de mostrarles confianza o camaradería con esa palabra, lo que verdaderamente hacen es rebajarles a nivel de bestias; pero muchas ríen, pues ni siquiera se dan cuenta.
"Las generaciones de madres abnegadas, reprimidas y violentadas, enseñaron a sus hijas que la mejor manera de acabar con el yugo masculino era convertirse en el enemigo y así crecieron confundiendo su identidad de mujeres, con la intención de seguir nuestros pasos, muchos de los cuales nos han convertido en seres torcidos y han llevado a nuestro mundo a la debacle moral de la que hoy somos víctimas.
"Las niñas de la nueva generación decidieron que el sueño de ser princesas era muy aburrido y esclavizante, así que cambiaron la corona por un pasamontañas y son ahora también delincuentes de alto impacto, servidores públicos podridos, conductoras irresponsables, reinas de belleza involucradas con el narco y hasta líderes sindicales vendidas con algún partido, por cierto, saludos a la señora Gordillo.
"Me encantan las mujeres que no quieren convertirse en hombres y llegan a la universidad con la firme intención de terminar con honores su carrera. Las que en lugar de demostrarnos que son capaces de beber media botella de tequila, nos demuestran que pueden dirigir un laboratorio o centro de investigación. Las que no buscan un buen partido para casarse sino que buscan ser un buen partido para que un buen hombre las merezca..
"Las que saben decir no, cuando “NO” es la única respuesta digna de una dama, aunque todo el mundo las tache de anticuadas. Las que se ríen de los chistes machistas y entienden que en lugar de ofenderse, deben sentir pena por el hombre que se atreve a contarlos y mucho más si piensa que esas bromas son un verdadero compendio de sabiduría popular.
*El autor es graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.
Correo electrónico: jousinpalafox@hotmail.com
Aquí mi respuesta:
A mí si me parece un yugo el concepto de "princesa" bonita? delgada? frágil?, por qué no dejar que la mujer decida lo que quiere ser: sapo, alebrije, luciérnaga, colibrí, mujer...
La mujer no quiere convertirse en hombre. Por Dios! Eso ...es absurdo.´
Sí, somos muchas las mujeres que nos reivindicamos y deseamos acabar con los clichés de "femeninas" o "masculinas". Eso no nos permite ni a hombres ni a mujeres, relacionarnos bien.
Y eso de que un "buen hombre" nos "merezca", ah, caray, pues qué, ¿somos trofeos?.
Entiendo lo de la criminalidad, pero no es un asunto de género, sino de las dinámicas sociales checas. Qué es ser anticuado. Además, el término "dama" es una contracción de "domada" Yo no quiero ser dama, créeme.
Muchos hombres terminan peor en cualquier cantina, y por ser hombres, ¿está bien? no estoy de acuerdo con estas conducta, pero tampoco creo que ser mujer sea agravante. ¿Moral? suena a discurso panista o del Arzobizpado. Me parece más inmoral matar a mujeres pro ser mujeres, porque eso es un complejo de inferioridad masculino.
Matan mujeres porque creen que les quitan los puestos, porque obtienen mayor preparación, porque se alzan en contra de la violencia (Maricela Escobedo, Susana Chávez, Betty Cariño... por citar sólo algunas) Daña la violencia, la sangre que corre. Hermano, nos están matando y el autor de esto quiere todavía que sigan existiendo las princesas! YO elegí ser alebrije. ¿Soy sucia, mala, inmoral?
domingo 2 de enero de 2011
Por la almohada
se filtran lágrimas
hasta convertirse
en nada.
La voluntad
se revuelca
entre sábanas
mientras se colapsa.
Fiera la mente
que muerde
razón e impulso.
Sobredosis antidepresión:
escaleras para descender
al infierno.
Corazón lento.
La luna misma
a través del ventanal
contempla el eclipse.
Bio-evaporación
se filtran lágrimas
hasta convertirse
en nada.
La voluntad
se revuelca
entre sábanas
mientras se colapsa.
Fiera la mente
que muerde
razón e impulso.
Sobredosis antidepresión:
escaleras para descender
al infierno.
Corazón lento.
La luna misma
a través del ventanal
contempla el eclipse.
Bio-evaporación
domingo 26 de diciembre de 2010
a L.
Cuando decido arrancarme el deseo, borro tus anillos de mi memoria, y me propongo no escribirte ya. Cuando confío en que el tiempo, la meditación, las supernovas y las flores me curarán el ímpetu por tu táctica sonrisa, cuando pretendo desasirme de la natural pasión cósmica, decides volver tus letras,, cual ojos misericordiosos, a mí, y de nuevo me tienes pendiendo de los hilos de tu rebozo.
Cuando decido arrancarme el deseo, borro tus anillos de mi memoria, y me propongo no escribirte ya. Cuando confío en que el tiempo, la meditación, las supernovas y las flores me curarán el ímpetu por tu táctica sonrisa, cuando pretendo desasirme de la natural pasión cósmica, decides volver tus letras,, cual ojos misericordiosos, a mí, y de nuevo me tienes pendiendo de los hilos de tu rebozo.
martes 12 de octubre de 2010
Cuántas horas contemplaré
la bandeja de entrada
en la que no depositas ni un suspiro
Reviso tu feisbuk
y se me derrumban las esperanzas:
granizo negro de letras
y ni una sola es para mí.
( mientras escribo esto, veo en el lado derecho de la pantalla:
"ha recibido un nuevo
correo defacebook" )
Perdón, perdón. retiro lo dicho....
la bandeja de entrada
en la que no depositas ni un suspiro
Reviso tu feisbuk
y se me derrumban las esperanzas:
granizo negro de letras
y ni una sola es para mí.
( mientras escribo esto, veo en el lado derecho de la pantalla:
"ha recibido un nuevo
correo defacebook" )
Perdón, perdón. retiro lo dicho....
crónica de una marcha
Te acaricio
con ojos y deseo
mientras sonríes
cómplice
de mi fantasía.
Caminamos sobre avenidas
emocionales y físicas
proximidad de cuerpos:
se decanta la dopamina.
Una marcha por la libertad
–y por mis hormonas
que tu piel desean–,
nos convocó.
Te respiro en el reflejo
del sol sobre el cristal
de un edificio de Reforma.
Sonríes.
Arde tu cabello;
me deslumbro.
Arde mi esternón
y mi vientre.
Grito por convicción
de construir
a fuerza de moras,
rosas y amor
un mundo mejor.
Abarqué la calle entera;
el Hemiciclo, sin contenerme
tanto brillarnos
mutuamente:
hombro con hombro,
mirada periférica
exhalaciones,
poros abiertos,
deseantes.
El encaje contiene
el desbordamiento
de mi humedad.
Y sigues sonriendo.
con ojos y deseo
mientras sonríes
cómplice
de mi fantasía.
Caminamos sobre avenidas
emocionales y físicas
proximidad de cuerpos:
se decanta la dopamina.
Una marcha por la libertad
–y por mis hormonas
que tu piel desean–,
nos convocó.
Te respiro en el reflejo
del sol sobre el cristal
de un edificio de Reforma.
Sonríes.
Arde tu cabello;
me deslumbro.
Arde mi esternón
y mi vientre.
Grito por convicción
de construir
a fuerza de moras,
rosas y amor
un mundo mejor.
Abarqué la calle entera;
el Hemiciclo, sin contenerme
tanto brillarnos
mutuamente:
hombro con hombro,
mirada periférica
exhalaciones,
poros abiertos,
deseantes.
El encaje contiene
el desbordamiento
de mi humedad.
Y sigues sonriendo.
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